Me pregunto cómo pudieron sobrevivir las generaciones pasadas sin los avances tecnológicos. Al menos, mi vida está completamente integrada por facilidades y costumbres que no hubieran podido imaginar nuestros bisabuelos o tatarabuelos.. Imagino a mi abuelo observando mi smartphone.. y no sé cómo haría para explicarle, si levantara hoy cabeza, que desde ese aparatito puedo llamar por telefono, hacer fotos, videollamadas e incluso acceder a internet. Y tras esto, hacerle entender qué es internet.. -Mira abuelo, internet es un espacio muy grande, que no ves, pero que almacena una cantidad de información que no podrías llegar a imaginar. Puedes encontrar diccionarios, bibliotecas, opiniones de otra gente e incluso puedes hablar o ver a personas que están al otro lado del globo. Y a todo esto, puedes acceder desde casa o desde este aparatito tan pequeño que te estoy enseñando- Estoy segura de que sus ojos se saldrían de las órbitas y me miraría con cara de incredulidad. Y no han pasado tantos años desde que mi abuelo murió, pero el avance tecnológico se ha apropiado de nuestras vidas de tal forma, que ya no sabría vivir sin él. Me levanto y apago el despertador del móvil, me caliento la leche en el microondas y me voy a trabajar. Desde el campo consulto el correo electrónico y los mapas cuando me pierdo y, cuando estoy en la oficina, el intercambio de información on-line es imprescindible para realizar las tareas. Mientras, en casa, un robot va limpiando el suelo de la casa. Y así un sinfín de cosas que se han convertido en eseciales para nuestras vidas y que ya no podríamos concebir la vida sin ellas.
Qué lejos quedaron aquellos días en los que todos se sentaban alrededor del fuego, mientras un gran puchero iba burbujeando..
El texto anterior lo escribí hace unos días y lo dejé como borrador en las entradas del blog. Pero hoy, una señora, que parecía mucho mayor de lo que en realidad era, me ha dejado pensativa y he decidido publicarlo para que lo leáis y después reflexionéis con el siguiente:
No sé su nombre, sólo sé que tiene 34 años y desde hace 8 vive en una pequeña casita de apenas 20 metros cuadrados, en las afueras de una población. Un "hogar" en el que no tiene luz, agua corriente ni gas. En verano sólo puede servirse de un abanico para soportar los cálidos días de esas tierras y en el gélido invierno debe salir a la calle a lavar la ropa a mano. Imagino sus pobres manos días atrás, cuando los termómetros descendieron decenas de grados bajo el cero, rascando en un lavadero las cuatro prendas que deben tener ella y su pareja. Los imagino abrazados por la noche intentando entrar en calor. Y me he dado cuenta de lo afortunada que soy...
Pero lo que más me ha asombrado de esta mujer son sus ganas de vivir, su conformismo y autoconvencimiento. Sonriendo, me ha dicho: "me gusta mi vida y mi libertad, no me importa no tener comodidades, y muchas mujeres a las que conozco, aún teníendolas, no son felices, siempre les falta algo". Y qué razón tienes, he pensado yo, recordando todas las cosas que hay en mi casa y las que desearía tener.


