Hoy no paro de observar mis manos. Su forma, su color, la simetría de una respecto a la otra.. y me doy cuenta de que realmente, si te paras a pensar, tienen una forma extraña que al mismo tiempo resulta hermosa. Son nuestra herramienta básica en los quehaceres diarios, desde que nos levantamos hasta que apagamos la luz al acostarnos. Y el día que nos fallan nos encontramos perdidos y comprendemos que su existencia nos facilita la vida mucho más de lo que imaginábamos.

Pero más allá de sus poderes físicos resulta increíble el estrecho vínculo que se crea al unirlas con las de otro ser. Desde que nacemos y nos agarramos a los grandotes dedos de nuestros padres, a los que nos asimos para darnos impulso y dar nuestros primeros pasos como si nos dieran fuerza, impidiendo que podamos caer, hasta el nudo en el pecho que produce la primera vez que aquella persona por la que pierdes la cabeza toma tu mano y te transmite su calor y a partir de ahí, cada vez que te roza se te eriza toda la piel. Las caricias que recibes de quien amas se intensifican tal inyecciones de adrenalina directas a tu más profundo ser, nublando lo que te rodea, consiguiendo que tu mundo se centre en una sola persona.
Por otra parte, la unión de manos (símbolo celta del matrimonio) tiene un gran efecto pacificador. Tras grandes rencillas y discusiones, este acto pone punto y final a la contraposición de rivales consiguiendo amortiguar la furia e incluso va más allá, hacia el punto y aparte, borrón y cuenta nueva.
Y así de increíbles y al mismo tiempo sencillos somos, pudiendo llegar a conseguir y, al mismo tiempo dar, la felicidad, con un sólo contacto de manos.
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