Por fin parece que empieza a hacer mejor tiempo y con ello, me siento más feliz, más enérgica y con ganas de afrontar nuevos retos.
Después de estas jornadas de tiempo siberiano precedidos de la cegante niebla que caracteriza los inviernos de mi tierra, hoy ha sido una liberación en toda regla. No me gustan los días fríos y grises, sólo tienes ganas de quedarte en casa debajo de la manta y se hacen tan largos que parece que nunca se vayan a acabar. Pero hoy, brillaba el sol, y durante el viaje meditaba en cómo afecta al carácter el día que luce en todo su esplendor. Hoy no me importaban las horas de trabajo ni la soledad de los caminos. Los paisajes que iba viendo me hacían esbozar una sonrisa que lograba compensar el esfuerzo laboral.
Desde lo alto de un cerro he podido observar el resplandor de la llanura, con los verdes olivos dispuestos ordenadamente, formando esas cuadrículas perfectas que siempre me han llamado la atención, en las que, mires por donde mires, siempre verás una hilera insuperablemente recta. Y allí arriba, observando la magestuosidad de la naturaleza, de repente, me he sentido pequeñita. Y es que somos sólo una diminuta parte de este universo del que formamos parte, algo que nunca nos paramos a pensar y que deberíamos hacer más a menudo.
Fue el cielo el que me animó hoy, un cielo que no deja de transmitir energía. Un cielo que te despierta cuando es azul, que te da vida cuando luce el sol, que da calor en su atardecer, un cielo que transmite frío y soledad cuando es gris y un cielo que te arranca una gran sonrisa cuando da paso a la aparición estelar de los colores que forman un gran arco iris.

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